Pocas veces un presidente de un ejecutivo ha cerrado manifestaciones. Algunos, como Zapatero, decidieron que un presidente de gobierno no debe acudir a manifestaciones porque su labor es gobernar y las manifestaciones son un recurso de la sociedad civil. Era cuando Zapatero parecía ser un dirigente político distinto a lo que habíamos venido sufriendo.

Hay veces en que un discurso se hace tan hegemónico que hay quien acaba convencido de que ese discurso es neutro. Ocurrió, por ejemplo, tras el 11-M. Muchos teníamos clarísimo que el lema de la manifestación del día 12 («Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo«), pero no lo era: era un lema de campaña del Partido Popular.

Cuando Ibarretxe cerró una manifestación contra el atentado de la T-4 se le criticó por tal protagonismo, pero ya se sabía: Ibarretxe era excluyente.

No puede pretender Patxi López ser un elemento neutral: gusta a unos y no a otros, como sucede en todas las sociedades plurales. Y no puede pretender que a los que le gusta López son los que se oponen (más) a los asesinatos de ETA. Tampoco puede pretender que su discurso es el neutro, el de la oposición a ETA, por mucho que desde que ha llegado a Lakua haya centrado sus esfuerzos de comunicación en señalar únicamente su oposición a ETA y su cercanía con las víctimas sin que se dé altavoz al resto de cuestiones políticas que tendrá que afrontar.

Aznar consiguió diferenciar entre españoles de bien y españoles de mal. Los primeros asumían sus tesis de lucha contra algunos violentos. Quienes no asumíamos esas tesis éramos cómplices con los violentos o en el mejor de los casos

Patxi López tiene, supongo, un talante distinto al de Aznar (no ha nacido ser humano con un talante parecido al de Aznar), pero se asoma peligrosamente a la misma división supuestamente neutral que convierte la repulsa contra un atentado en refrendo de sus tesis de parte.

Pensemos que es un error de principiante y que en la próxima protesta por algún atentado de ETA (ojalá no tenga que haberla, aunque toda esperanza es imbécil) se reunirán los distintos partidos y encontrarán una persona y un discurso en el que todos se sientan incluidos. Pensemos que habrá sido el último acto de patrimonialización del dolor común. Si no, aquel que dijo que venía a acabar con supuestas prácticas excluyentes, volverá a dividir entre leales y cómplices, como hicieron los más sectarios gobernantes.