Diez años y medio después el Tribunal Supremo ha declarado nulo el cierre del diario Egin. Si no falla la memoria fue el primer periódico que se cerró contra la voluntad de sus propietarios desde que se aprobó la Constitución de  1978. Y supuso el inicio de la carrera ilegalizadora, de la restricción de derechos fundamentales y la muerte por asfixia de la separación de poderes y el Estado de Derecho: todo ello con la excusa de la persecución a ETA.

Aznar explicó muy bien dónde quedaba el Estado de Derecho en la cuestión vasca. La decisión de cerrar Egin, tomada supuestamente por un superjuez, fue explicada por Aznar usando una primera persona muy clarificadora: «¿Alguien pensaba que no nos atreveríamos a cerrarlo?«. Era una vía para la lucha contra el terrorismo que luego universalizó George Bush y que en España ha sido contestada en solitario por Izquierda Unida. Ya entonces: cuenta la crónica de aquellos días en El Mundo que Izquierda Unida se oponía, pero que «el secretario general [Joaquín Almunia] del PSOE prefirió reservarse su opinión y mantuvo un discreto silencio.»  Era también el inicio de una lógica cobarde de Estado en la que quien se atreviera a discrepar de la vulneración de derechos era un tibio y un cómplice de ETA. Y el PSOE entró por el aro hasta hacerse más papista que el Papa. En esa lógica está casi todo el establishment: jueces, periodistas… la discrepancia ha sido una forma de radicalismo tremendamente incómoda.

La declaración de nulidad de aquel cierre es meramente testimonial: si cerraran hoy El País y en 2020 un tribunal dijera que la decisión de hoy es nula, no hay un polanco capaz de resucitar el diario censurado ¿Quién va a pagar por haber cerrado sin ninguna justificación un periódico? ¿Quién va a pedir perdón por una agresión al pluralismo, a la libertad de expresión y de información que toda la ciudadanía debería estar denunciando? ¿Dónde están los periodistas clamando corporativamente por la libertad de expresión?

Quien más quien menos ha usado alguna vez la frase de Voltaire: «Detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que puedieras seguir escribiéndolo.» Todo el mundo la repite, como los loros, pero ¡qué poquita gente se la cree!