El jueves explicaba Javi con una capacidad sintética envidable por qué no tiene demasiado sentido que nadie de la margen izquierda de la realidad sienta una especial lealtad hacia la Constitución que aprobaron quienes hoy son mayores de 48 años. Ni la Transición fue un proceso democrático y equilibrado ni el texto constitucional se ha cumplido en sus líneas más afortunadas. Pero aún en el caso de que la Constitución se hubiera aprobado en un proceso realmente modélico y se hubiera cumplido al 100%, ¿no tendríamos derecho a considerarla agotada, anquilosada, trasnochada o incluso a plantearnos si no nos equivocaríamos al aprobar ese texto? ¿No podríamos emprender otro rumbo? Si una mayoría el pueblo español decidiera rectificar e idear un nuevo camino político colectivo no tendría más remedio que tomar ese camino mediante la ruptura democrática.
Cuando uno intenta cruzar una calle y el inútil del alcalde ha puesto el paso de cebra más cercano a dos kilómetros, se mira a derecha e izquierda (sobre todo a la derecha, que es por donde vienen los coches más cabrones) y, si no vienen coches, motos ni bicicletas se cruza con prudencia, pero sin miedo ni sentimiento de haber violado normas justas. Y, si vienen coches cabrones, se idea algún sistema de poder cruzar, claro, porque esos coches también nos atropellarán en el paso de cebra de dos kilómetros más allá; pero entonces da un poco más de miedo.
Algo así sucederá cuando consigamos que el pueblo español opte por dar un giro institucional. La Constitución de 1978 está blindada. Para los cambios sustanciales es necesaria una mayoría cualificada que tiene que ser revalidada electoralmente. Ello llevó al jefe del estado, Juan Carlos de Borbón a contarle a Carrillo que si un partido republicano como el PCE (un Borbón siempre ve republicanos por todas partes) ganara las elecciones él comprendería el mensaje y se piraría con los bártulos a incordiar en otro lado (y seguro que nosotros seríamos tan timoratos que le dejaríamos que se llevara esos bártulos).
La Constitución de 1978 no sólo merece ser cambiada para que elijamos democráticamente al Jefe del Estado. El Régimen de la Transición en el que todavía estamos nos ha llevado a una democracia de bajísima calidad. Son decenas las grietas democráticas de nuestro edificio: si la Constitución de 1978 hubiera sido tal cual es pero con un presidente de la república en vez de un rey, hoy muchos estaríamos pidiendo la IV República. Pero tenemos el chollo propagandístico de poder llamar al conjunto de reformas que nos llevaran a una sociedad más justa, solidaria y democrática III República. Cualquiera que vea la bandera tricolor hoy sabe que quien la ondea no pide sólo la democratización de la jefatura del estado.
Probablemente hay quien con la retórica más agresiva desvía la atención de un fondo correcto. Yo no sé qué quiere decir «romper» hoy con la Constitución. Mientras no consigamos concienciar a la sociedad española de lo beneficioso para su dignidad y su bienestar que sería una transformación social y política radical no estaremos en disposición de «romper» nada. Yo mismo, cuando tuve que prometer lealtad al rey y a la Constitución, y todas esas cosas… lo hice por imperativo legal. La fórmula expresa simbólicamente mi profunda disconformidad con este régimen, pero también es vacía, pues no tengo pensado ser desleal al rey: si pudiera lo jubilaría, pero dado que nunca le engañaría a ese respecto es imposible considerar desleal tal voluntad. No traiciona quien no ha sido nunca del bando propio ni ha ocultado sus intenciones.
Pero, más allá de la retórica (tan contraproducente a veces), ¿estamos dispuestos a no cruzar cuando lleguemos al borde de la acera a pesar de que un alcalde se negó hace treinta años a ponernos un paso de cebra ni un semáforo? ¿O tenemos la suficiente rebeldía para intentar cruzar con toda la prudencia que haga falta? Si nos vamos a quedar sin cruzar por una tontería así, más vale no hacer el esfuerzo por llegar hasta el borde de la acera… Los esfuerzos baldíos producen melancolía. Y la utopía sirve para caminar, pero no puede servir para que se nos quede cara de bobos.
Ya os dije que envidiaba la capacidad sintética de Javi.
Uf, Hugo, siempre habrá el mendrugo de turno que te diga que si te pilla el coche que viene (por la derecha), lo tendrás merecidito por no esperarte al paso de cebra. Y mientras tanto, el dinero para la pintura se va en reordenar a la gente de alrededor del alcalde, en mandarle florecitas (y soldaditos) a la novia «morenita»… ainsss y cómo se ponen por un quítame allá esa inteligencia!
Pero esos mendrugos dirán exactamente lo mismo si pasas escrupulosamente por el paso de cebra. Recordemos que el 18 de julio fue causado por su derrota en las elecciones de febrero del 36: da igual si uno pasa o no por el paso de cebra, los coches que vienen de la derecha piensan que la calle es suya.
Si tal capacidad sintética existe en mí se debe, sin dua, a la pereza al escribir, que me impide hacer textos largos (pasados unos párrafos siento una irreflenable atracción hacia darle al click a alguna de esas series que me descargo de interés) No obstante se agredece el alago XD
Y entrando al fondo: coño, claro que sí, es que la izquierda DEBE (no digo «puede», digo «debe») replantearse continuamente hasta las cosas más elementales, ¡de eso va una actitud radicalmente crítica!
La izquierda española se replanteó el papel que jugó en la transición y decidió dar un giro hacia la cordura: es perfectamente comprensible. Antes de esos 40 años tan oscuros de franquismo, los comunistas decidieron defender una República que, unos años antes, habían prometido derribar por su carácter burgués.
Son evoluciones lógicas que proceden de la crítica necesaria, y negarlas es un crímen contra los valores de la izquierda.
No tenemos ninguna deuda con nuestros actos pasados, no les debemos ninguna fidelidad. No vamos a cargar con ningún pedrolo que no queramos, ¡anda que no tenemos problemas como para andar con eso a cuestas! De nuestro pasado aprendemos, y punto. Pero no nos vincula con respecto a nuestras acciones presentes o futuras.
Javi ha escrito en su blog Romper un pacto roto