Parece que por fin el 14 de diciembre, este domingo, Izquierda Unida tendrá nueva dirección con Cayo Lara al frente. Hay gente esperanzada en que, pese a lo mal que se está haciendo todo, la elección de dirección marque un punto de inflexión en el que sea posible la refundación de IU y el paso a hacer política más allá del ingente ombligo que gastamos. No está mal el optimismo, pero choca de bruces con la realidad.

Los rumores (que no son tales, sino informaciones de gente concreta que está en las conversaciones que está habiendo) sitúan a Cayo Lara como coordinador gracias, fundamentalmente, a la mayoría de Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid que daría su apoyo por activa o por pasiva  quedándose con una responsabilidad del peso de organización e incluso, puestos a pedir, comunicación. A uno no le mueven manías personales algunas para rechazar tal hipotético acuerdo, sino la constatación de que la mayoría madrileña se sitúa en las coordenadas políticas y organizativas más inmovilistas que hay en Izquierda Unida. El ejemplo más evidente de la crítica que hacemos muchos a lo que sucede en IU-CM es la trampa con la que se llegó a la Asamblea Federal: Madrid aportaba 110 delegados por sus supuestos 10.000 afiliados pero los afiliados en función de los cuales repartía los delegados de cada asamblea local sumaban 6.000. Otros censos hinchados al menos se disimulaban. Madrid no, porque en Madrid están los negociadores más inteligentes que hay en Izquierda Unida, los compañeros que absolutamente siempre han ganado. No hace falta disimular, porque se sabe que la cosecha será siempre fructífera.

Nada hay más dañino en Izquierda Unida que la capacidad que adquieren pequeños grupos para tener comiendo en su mano a la dirección federal. Es lo que ha bloqueado sistemáticamente todo intento de radicalidad democrática que diera a las bases el poder que hay en manos de grupos de presión. Grupos que, cuando así lo han deseado, han vulnerado estatutos, decisiones de las Comisiones de Garantías (los tribunales internos de IU) gracias a su capacidad de poner en jaque a todas las direcciones que ha habido en los últimos lustros. Son grupos que hay en varias federaciones, que han formado parte de casi todas las listas y que constituyen los sectores más conservadores en lo organizativo y consecuentemente en lo político. Y cada vez hay más la sensación de que el poder estos grupos ha quedado intacto tras la Asamblea Federal: ese poder es el que genera hastío entre una parte de la militancia por encima de la discusión política que nos enriquece, puede ser tranquila y sobre todo, permite que los conflictos se resuelvan democráticamente. Cuando los conflictos son de meras cuotas de poder entre taifas, no hay esperanza.

La cesión de tanto poder a estos grupos no es responsabilidad sólo de estos grupos (¡hacen muy bien su trabajo!), sino de quienes los colocan en posición de privilegio para decidir si se suman a un 45% o a otro en función de quién sea el mejor postor. Ha faltado muchísima valentía en los sectores comprometidos con la refundación de Izquierda Unida.

En IU Abierta se ha preferido el mantenimiento del bloque en torno a una ‘campaña electoral‘ interna cuyo éxito saben que es imposible desde hace varias semanas. Esa unidad de grupo ha sido más importante que la apuesta por la refundación de Izquierda Unida: si de verdad se la creen, la táctica de dejar que Madrid decida quién gana es la que menos facilita que efectivamente se produzca una refundación de Izquierda Unida (y eso no es una interpretación personal: sólo a la mayoría madrileña se le ha escuchado decir que lo de la refundación es una chorrada). Hubiera sido mucho más inteligente apartar del debate el nombre del futuro coordinador (dado que Cayo Lara no podía plantearles grandes problemas y hace tiempo que saben que eso está resuelto) y centrar la beligerancia en las cuestiones políticas cuyo acuerdo hubiera sido posible. Pero se ha apostado por el debate en torno a una candidatura que se sabía perdedora. Esa apuesta sólo puede tener dos sentidos: el mantenimiento de un bloque interno que ejerza de oposición visible y/o la consecución de una posición negociadora favorable de cara a los puestos de dirección. En ambos casos el futuro inmediato de Izquierda Unida aparecería como algo secundario. Desde fuera la táctica seguida parece profundamente irresponsable.

En Otra IU es posible recaería la responsabilidad de aceptar pactos que frenen la beligerante apuesta por la refundación que forjó este grupo y que nos creímos mucha gente. Un acuerdo como el que se rumorea convierte en un espejismo la radicalidad democrática y el proceso de reafiliación para la limpieza de censos. Y también dejaría en pañales el giro a la izquierda que asumió IU en la Asamblea Federal. Tres errores se encuentran en el origen de esta renuncia. La falta de arrojo democrático por parte de quienes desde dentro frenaron la elección de Cayo Lara en Rivas inmediatamente después de la Asamblea Federal se ha revelado claramente como un error. Incluso en el caso de que tácticamente la apuesta hubiera salido bien me remito a la memorable frase que ayer escribía un compañero: «esto no es el puto black jack, es una fuerza política democrática.» Además se ha echado de menos mucha audacia del numeroso grupo que dentro de Otra IU es posible apuesta por la refundación: al menos con lo que uno sabe, que es muy poco, han faltado pasos al frente en contra de acuerdos cupulares que impidan la limpieza de censos y la refundación y ha habido un exceso de confianza en que lo obvio se haría paso. Por último, según qué acuerdo se alcance puede mostrar que se habría impuesto una voluntad de ‘vencer’  frente a la de cambiar IU.

Si los rumores son ciertos, la única buena noticia que se asoma este fin de semana es el nombramiento de un buen coordinador general, Cayo Lara. El devenir político de Izquierda Unida dependerá del compromiso con la refundación que se le permita tener, de la dirección que se articule y de la actitud que todo el mundo adopte el día después. Las cosas que han sucedido en el último mes no permiten ser optimista en ninguno de esos tres puntos.

Izquierda Unida, sin embargo, merece el esfuerzo de toda  la militancia para sacarla adelante. Esfuerzo por conseguir democratizar IU en lo posible que es la forma de que los militantes nos apoderemos de IU. Parece, por ejemplo, que IU Abierta apuesta claramente por la reafiliación para la limpieza de censos: ése es un punto en el que muchos nos encontraremos si es sincero y para todo el Estado y que debemos intentar conseguir independientemente de lo que exija tal o cual grupo de poder. Ese impulso democratizador debe estar muy por encima de determinadas lealtades: seamos laicos y unámonos en cada caso concreto por el programa, programa, programa. También debemos esforzarnos por cambiar las federaciones. La refundación no se hace sólo por arriba y hay pocas federaciones de IU en las que la situación sea envidiable, aunque la existencia de grados del mal es evidente. Y, por fin, intentemos mantener la pluralidad y la divergencia como factor enriquecedor, no como arma arrojadiza contra nadie. Para ello la reactivación de espacios trasversales puede ser crucial y la coherencia de ponernos abajo a hacer lo que pedimos que se haga arriba puede ser un motor de cambio: un cambio que nunca llegará si pensamos que es imparable. La mejor forma de probar que no es imparable es constatar que lo están parando.