Si yo fuera columnista de El País, ante la previsible reforma constitucional en Venezuela para evitar la limitación de mandatos, me pondría a desmontar las críticas que vienen de la manipulación. Explicaría que no se pretende otra cosa que lo que ahora sucede en España con la jefatura de gobierno, que puede ser tan prolongada como las urnas decidan, como demostró reiteradamente Felipe González o hace ahora Manuel Chaves. También señalaría la paradoja de que quienes avalan una magistratura vitalicia, hereditaria y no electa, se pongan tan finos a la hora de analizar la reelección democrática del presidente de una república, por muy sudaca e indio que sea el presidente.

Ocurre que no soy columnista de El País, sino que escribo un blog en Tercera Información, cuyos lectores ya están avisados de todas estas evidencias. Hace un año Chávez se encontró por primera vez con una derrota en las urnas: el pueblo venezolano rechazó la reforma de la constitución bolivariana que se le proponía. Entonces hubo varios artículos (aunque no recuerdo que se publicaran en El País) señalando que tal derrota podría ser una oportunidad si el chavismo hacía de ella una lectura inteligente. Asimismo en algunos sitios se señalaba que quienes optaran por adular sistemáticamente al proceso revolucionario venezolano sin señalarle los posibles errores hacían un flaco favor a los venezolanos y a su revolución por una lealtad mal entendida.

Venezuela ha conseguido grandísimos logros económicos y políticos. Como en otros países con procesos similares, además de conseguir más justicia, más derechos sociales y más autonomía económica, Venezuela ha profundizado en su democracia dando al pueblo un poder real que antes sólo estaba en manos de corruptos y embajadores extranjeros.

Pero la revolución bolivariana tiene en Venezuela dos talones de aquiles por los que la podrán atacar quienes insistan en la vía del derrocamiento golpista.

Uno de esos talones de aquiles es la excesiva dependencia del petróleo, algo dificilísimo de evitar pues las urgencias y las carencias económicas dificultan sustituir un reequilibrio social por un cambio de modelo productivo. En este punto hay que ser completamente comprensivos, por más que una bajada de los precios del petróleo como la actual ponga en solfa tal comprensión.

El otro punto flaco es la gigantesca personalización del proceso. La revolución bolivariana en Venezuela es Hugo Chávez. Si en un próximo intento golpista consiguieran matar a Hugo Chávez se habría acabado la revolución al instante. Esa es una doble debilidad. Una debilidad política por la excesiva dependencia de una sóla persona y una debilidad táctica por la escasa diversificación de riesgos. Estoy convencido de que en Venezuela hay más de una veintena de cuadros perfectamente aptos para reemplazar en su día a Hugo Chávez y para entusiasmar al pueblo venezolano en la vía del socialismo. Ello puede traer complejidades e incluso enfrentamientos, pero es mucho más arriesgada y la monarquización de Venezuela.

Se hace un triste análisis si se piensa que ante la dependencia política de una sola persona, el problema está en la norma que evita la reelección. Tanto empeño y movilización como se va a poner en la reforma constitucional se podría poner en un proceso de sucesión que fuera democráticamente ejemplar y que mostrara al mundo que lo que ocurre en Venezuela es realmente indestructible porque sus raíces no están en tal o cual líder, sino en el pueblo venezolano.