Desde las posiciones de poder siempre se ha luchado con fiereza contra la discrepancia ideológica. Para ello se ridiculizaba todo debate de proyectos políticos, pues si no se debate sobre política siempre queda en pie la forma de hacer política vigente, la del poder (permitidme la obviedad). Hemos asistido a Fukuyamas del mundo reclamando la unidad porque habíamos llegado al fin de las ideologías, al fin de la Historia y, por cierto, al fin de los ciclos económicos, como la evidencia demuestra. Incluso dentro de la supuesta izquierda se nos ridiculiza a quienes planteamos enmiendas a la totalidad (aunque a veces sea simplemente enmiendas de devolución) al régimen político y económico vigente: al capitalismo. Es lógico que, por ejemplo, las distintas direcciones del PSOE hayan hecho lo posible por minusvalorar todo posible debate de fondo: pues si a su izquierda nadie se opone al modelo existente esa izquierda deja de ser útil.

Tengo bastante claro que si mi discrepancia del PSOE se basara únicamente en la necesidad de más (y/o mejores) colegios y hospitales públicos, lo normal sería afiliarme al PSOE y constituirme en una especie de ala izquierda del mismo. Es lógico que quienes hacen llamamientos a ‘la unidad‘ sin mirar debajo de la alfombra reniegen como de la peste del debate político. Las continuas llamadas en torno a la ‘unidad de la izquierda‘, la ‘causa común‘, etc… pretendían situar el debate en sólo matices numéricos: ‘nosotros planteamos que se hagan 150.000 escuelas infantiles y tenemos posibilidad de gobernar; ellos plantean que se hagan 200.000, pero como mucho serán un grupito pequeño de moscas genitales: venid con papá oso, todos juntos, a hacer escuelas infantiles y dejaos de zarandajas‘. Sólo desde la consideración de que debatir el modelo en el que vivimos son zarandajas se puede llamar ‘voto útil’ a la abdicación de las ideas propias para atarse a tal o cual proyecto concreto sin mayores contemplaciones: siempre en nombre de la ‘unidad de la izquierda‘.

Incluso el PP se basa en esa supuesta renuncia a la ideología (que siempre es un apoyo al sistema existente) para apoyar su modelo: ‘Los madrileños no se preocupan de si la gestión es pública o privada, sino de tener un hospital gratuito cerca de casa‘, nos dicen sistemáticamente la lideresa y sus mariachis.

Sin embargo hoy ya no es posible mirar al mundo real y eludir las zarandajas políticas. Si lo fue para algunos mientras el capitalismo sólo provocaba millones de muertos de hambre, desplazados, explotación…, hoy  ya no lo es, pues no estamos hablando de cuatro negros, sino de los banqueros. Hasta la derecha llama a ‘refundar el capitalismo‘ (Sarkozy dixit), mientras por aquí hay quien pasa por la derecha a Sarkozy pretendiendo que una fuerza política de la izquierda alternativa no se posicione claramente al respecto: ¡vamos a ser los únicos del mundo que no se enteren de lo que le está pasando al capitalismo!.

La izquierda alternativa, izquierda crítica, tiene la suerte de llevar mucho tiempo diciendo que el capitalismo era un régimen inhumano, insostenible y criminal. Tiene, por tanto la suerte de poder decir que teníamos razón. Ello se plasma en cositas muy concretas: es la crisis del capitalismo la que paraliza en Madrid la construcción de escuelas infantiles. ¿Por qué soltamos pasta para sanear bancos, pero se congela el gasto público porque no hay dinero? Por estas zarandajas: es una consecuencia muy concretita que afecta a nuestra vida de la sumisión de una política no democratizada al poder económico. Los muertos en el estrecho, el hambre en África, el cambio climático y los cientos de muertes en accidentes laborales son consecuencias también directas, pero obviamente menos importantes, más etéreas, según parece.

Quienes planteamos una crítica radical al capitalismo tenemos una suerte inmensa: un simple vistazo al mundo nos da la razón. Nuestra crítica al capitalismo presenta una alternativa: la democracia. Sólo el pueblo gobernado tiene legitimidad para gobernar. Pero tiene legitimidad para gobernar todos los asuntos colectivos: desde una jefatura del Estado a la economía y los medios de comunicación. La economía al servicio de la ciudadanía no es una zarandaja, sino la única alternativa democrática. Y no todo anticapitalismo es democrático: por eso la crítica que hace la izquierda al capitalismo lleva desde que uno tiene memoria reivindicando el radicalismo democrático como forma de gestionar legítimamente los asuntos públicos. En España tenemos la suerte de que podemos poner un nombre a ese radicalismo democrático: se llama Tercera República y sólo quien no haya ido a una manifestación de la izquierda en los últimos diez años no es consciente del incremento en los apoyos que vive el proyecto republicano. Y sólo quien no haya querido leer y escuchar ignora en qué consiste la reivindicación por la Tercera República.

Sólo desde la alternativa tiene sentido que existamos como alternativa (insisto en ser redundante, pero a veces hay que explicar lo obvio). De los proyectos generales deben emanar propuestas y consecuencias concretas. Pero si no tenemos un proyecto político diferenciado no tiene ningún sentido que mantengamos un proyecto autónomo: sería más cómodo para todos reivindicar la unidad a lo bestia, a la casa común. La democracia como forma de organizarse ya es un proyecto político quimérico para algunos: efectivamente, reivindicar la renuncia a determinados proyectos para la sociedad tiene como correlato interno en una organización política la renuncia a la democracia y transparencia para someternos sólo a los cálculos electorales inmediatos (que tanto éxito han supuesto, por cierto).

Se le puede llamar ‘unidad‘, pero sin política sólo estamos hablando de entregarse al poder.