Suele haber un amplio reconocimiento de que hubo colectivos que no sufrieron una transición democrática a la muerte de Franco, que vivieron una continuidad y cuya democratización se habría producido más por el natural relevo generacional que por la acción de leyes ni gobiernos. De acuerdo con esa interpretación, entre esos colectivos estarían las fuerzas de seguridad. Pese a tener algo de atractiva, no parece que la afirmación se ajuste del todo a la verdad: ni todos los demás aparatos del Estado se democratizaron de inmediato (alguno ni siquiera de mediato) ni se puede decir que tal relevo generacional haya supuesto el paso a unos hábitos pulcros en esos mismos colectivos.

Las policías españolas no sólo siguen teniendo hábitos excesivamente violentos, sino que cuentan con un cheque en blanco asombroso. Cualquier excusa es buena para justificar una tunda de hostias nacida en la porra de un policía: de otros ámbitos hemos desterrado el ‘algo habrá hecho‘, pero cuando hay una agresión policial siempre funciona esa máxima. Si en una comisaría de Roquetas un grupo de policías mata a un ciudadano tras una paliza y se prueba que el ciudadano en cuestión había consumido cocaína, los jueces entenderán y justicarán la paliza letal sin explicar la relación causa-efecto. El mismo tipo de razonamiento moral hemos vivido en el apoyo unánime periodístico, social y político que ha recibido la policía en su reparto indiscriminado de porrazos en el Estadio Calderón contra el que ha respondido (bien o mal, no tengo ni idea) la UEFA: la imagen de un cafre (cafre es el que viene de fuera, el pagano: el extranjero, siempre) tirando una silla parece justificar que un policía sacudiera durante varios minutos a un espectador que a lo mejor era un perfecto energúmeno, pero que al segundo porrazo era sólo una persona indefensa recibiendo la violencia de un tipo armado. El argumento es el mismo: la cocaína en Roquetas y el lanzamiento de sillas en el Calderón otorgan un cheque en blanco a la policía. A partir de ahí todo lo que hagan está justificado; nada será excesivo. Por supuesto, quien denuncie algún exceso está de parte de los consumidores de cocaína o de los ultras de un equipo francés: no cabe la famosa equidistancia.

Más allá del inicio de este apunte, parece muy evidente que tenemos tatuada en nuestra cultura política la idea dictatorial según la cual la policía o tiene barra libre o no tiene posibilidad de ser eficaz. Gracias a esta idea se justificó la brutalidad policial en muchísimas manifestaciones, se silencian los informes de la ONU y Amnistía Internacional sobre lo que sucede en nuestras comisarías y se indigna todo el mundo ante quien se atreva a señalar alguna desmesura policial. Cuando es Amnistía Internacional, se le acusa de las complicidades de siempre (o equidistancias, qué más da); cuando es Platini, no es difícil disfrazarnos de Manuela Malasaña en pugna contra el gabacho antiespañol. Hemos llegado a ver una manifestación de policías en Cataluña protestando porque se persiguieran las torturas en las comisarías catalanas sin que se haya producido un escándalo general.

¿Cabe la discrepancia? No parece: busquemos en periódicos, radios, televisión; en los bares o en los parlamentos. Si alguien se muestra disconforme con la actuación policial que hemos visto que hubo en el Calderón tendrá que callarse por no mostrarse como un traidor. Porque de lo que hablamos no es de la ausencia de una transición en las fuerzas de seguridad, sino del calado de una cultura de dictadura militar en buena parte de la sociedad.

NOTA: Gracias y gracias. Muchas gracias. Como no quiero ser más plasta, dejaré de contar cada vez que la clasificación de un concurso de blogs me dé una sorpresa. Eso no quiere decir que no lo siga agradeciendo y que no alucine cada vez más.