Hace unos minutos se ha conocido públicamente que Llamazares dejará de ser Coordinador General de Izquierda Unida dentro de dos semanas (tres antes de lo esperado). La razón en principio no resultaba muy comprensible. Se argumenta que ‘no se quiere entorpecer el desarrollo’ de la Asamblea. Pero Llamazares hace meses que no está en el ojo del huracán: las críticas, afortunadamente, ya no son personalistas, sino que se critican las prácticas. Por ejemplo, la dimisión de Llamazares se producirá en la Asamblea de Asturias, en la que algunos compañeros no podrán participar por estar excluidos.

Llamazares ya no es el centro de la crispación. Cuando los problemas han sido más graves en los últimos meses, los problemas han venido de  la falta de claridad en los censos, de la aberrante ausencia de un único documento político, de las prácticas poco democráticas o simplemente descorteses. Hoy Llamazares es una figura amortizada para propios y para extraños. Por lo tanto su dimisión de tres semanas no evitará la crispación. Además, hay pruebas de que esa crispación cupular está siendo respondida por la sana rebeldía de las bases (y de gente que no está tan en las bases): os ofrezco esas pruebas aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Esta rebeldía puede acarrear la renovación real, de prácticas y personas y la posibilidad de síntesis de verdad, no de nombres.

Llamazares no es EL problema. Un problema es una organización dividida de forma sectaria en la que los enconamientos personales son más importantes que las discusiones políticas: es normal, la gente que lleva trabajando junta veinte años suele acabar teniendo sus roces a veces irreconciliables. Unos problemas están en las prácticas llevada a cabo por gente que lleva un tiempo en las cúspides más propio de monarcas que de políticos republicanos. Un problema es que no somos capaces de hacer política de acuerdo con la política que decimos defender. Un problema es que no ofrecemos absolutamente ningún discurso político a las gentes de izquierdas. Llamazares ha contribuido a todos estos problemas, pero no es EL problema. No es un tumor a extirpar sino un dirigente a sustituir. Y el futuro de Izquierda Unida pasa por sustituir a personas y prácticas y no pasar ni una sola factura pasada.

Tampoco la dimisión es del todo sincera, pues avisa de su continuidad en el escaño. De todas formas, la lista de Izquierda Unida en Madrid en las elecciones generales era de tal índole que difícilmente podrá salir de ella alguien que tenga visos de poner cara a la nueva Izquierda Unida sin que haya treinta y cinco dimisiones. No es un problema demasiado importante hoy (dentro de un mes y pico podría serlo, no digo yo que no).

¿Cómo puede entorpecer el desarrollo de la Asamblea? Un compañero mucho más inteligente que yo lo ha explicado antes de que lo hiciera Público: al no ser coordinador general saliente en la Asamblea se evita presentar un informe de gestión que hubiera que discutir y votar (previsiblemente en contra). Por supuesto se ahorra un trago personal. Y posiblemente, si tienen éxito quienes se empeñan en que las diferencias que aparezcan no sean personales sino sustancialmente políticas , no sea mala cosa que no haga falta un informe de gestión. Pues si la gestión (colectiva, no sólo de Llamazares) puede medirse por su resultado organizativo y electoral, el informe puede tener una sola palabra: ‘Desastre’.

El gesto, en resumen, seguramente sea poco más que un gesto. Pero puede muy bien ser respondido con otro gesto: no hacer leña del árbol caído.

Llamazares pasará a ser un ex-coordinador general de Izquierda Unida, que ha cometido muchos errores, que habrá tenido aciertos y que acumula mucha experiencia. Nada de leña, ni una factura por muchas tentaciones que tenga cada cual desde cualquier posición. No sólo hay que pasar de página: hay que cambiar de libro, con otros escritores (¡y escritoras!).

Y ahora: Izquierda Unida.