Mucho más interesante que cualquier vulgar Quijote es un pequeño ensayo que publicó Carlo M. Cipolla en su libro Allegro ma non troppo. El ensayo titulado Las leyes fundamentales de la estupidez humana es una delicia (se puede encontrar íntegro en internet, pero sin las gráficas que hacen aún más lúcido el ensayo: vale la pena su compra). En él Cipolla divide a la humanidad en cuatro categorías, a saber:
-Los inteligentes, cuyos actos benefician a sí mismos y también a los demás;
-Los incautos, que son capaces de beneficiar a los demás sin beneficio propio o incluso con perjuicio propio;
-Los malvados, que perjudican a los demás para beneficio propio; y
-Lo estúpidos, que perjudican a los demás sin beneficio propio e incluso, a veces, con perjuicio propio.
Nos dice Cipolla que de todas estas categorías la más peligrosa (y numerosa, dice) es la de los estúpidos. Pues un malvado es previsible, sus actos tienen un tipo de racionalidad, pero los del estúpido son completamente imprevisibles y por tanto no cabe defenderse de la estupidez.
Recuerdo estas categorías cada vez que escucho a alguien negándose a que se legisle el derecho de cada uno a decir en un momento dado que su vida no merece ser vivida. Quienes se niegan a esa legislación defienden que alguien cuyo sufrimiento le haga valorar su propia vida como una carga tenga que seguir sufriendo salvo que goce de autonomía para conseguir suicidarse, caso en el que sus actos serán plenamente legales. En caso de que alguien, en un acto de amor, ayude a la persona sufriente a morir, quienes se oponen a tal legislación defienden la prisión por un delito de homicidio de quienes hubieran ayudado en la buena muerte.
Es infinito el sufrimiento de quien se ve ante la situación de tener que adelantar la muerte de alguien querido, pero esa decisión se toma (por quien la tome) siempre en beneficio del ser querido: para ayudarle en su voluntad de dejar de sufrir. A nadie beneficia que uno no tenga capacidad de decidir sobre su cuerpo, sobre su vida. A nadie.
Recuerdo que hice la misma referencia a la estupidez de quienes se oponían al matrimonio de dos personas que decidan contraerlo usando el genial criterio de Cipolla. Andando el tiempo me doy cuenta de que los estúpidos son los miembros de la grey que no tienen nada que ganar, pero sí mucho sufrimiento que generar al intentar impedir que los ciudadanos tengamos más libertad en asuntos que sólo nos atañen a nosotros.
No así las cúpulas eclesiásticas: éstas no son estúpidas, sino malvadas. Con su furia generan perjuicio a otros, pero el sufrimiento causado no es gratis: consiguen poner a sus huestes en orden, prietas las filas, y asustan al Gobierno más laicista que los tiempos han visto. Impulsar el sufrimiento ajeno les ha servido para consolidar su poder, su capacidad para tutelar moralmente a propios y extraños. Beneficio propio y perjuicio ajeno: es la maldad, según Cipolla.
El libro de Carlo María Cipolla es, efectivamente, una auténtica delicia. Con su «historia de la pimienta», el primer ensayo que se publica en el libro, donde se demuestra que este condimento es el verdadero motor de la historia de la humanidad, disfruté como nunca. Y sí, sus cuatro categorias siguen muy presentes en nuestros días con sus correspondientes porcentajes.
Pues yo creo que son todos malvados. La gente que es fundamentalista sí logra un beneficio, porque les reconforta que su dogma se cumpla y les causa sufrimiento que alguien se aparte de él.
Víctor, el otro ensayo también es magnífico (sobre todo porque es de una ironía finísima). Creo que es el libro que más veces he regalado, hasta el punto de que ya no lo tengo en casa, pero siempre lo vuelvo a comprar.
Juan, el fundamentalismo podría ser saciado ‘haciendo el bien al prójimo’ (alguno lo hace) y se quedarían tan anchos y con las puertas del cielo bien abiertas. Yo creo que les han tomado el pelo con la excusa metafísica; hasta el punto de ponerles en contra de la investigación con células madre que les pueda curar alguna enfermedad que no deseen. Sigo pensando que en su daño a los otros prima la estupidez, aunque estoy dispuesto, como siempre, a llegar a acuerdos de síntesis.
No sé qué versión han manejado. La que me prestaron a mi hace años no tenía incautos, sino altruistas (los que benefician a los demás aunque no saquen nada). Propongo mantenerlo así, pues algún sitio ha de tener la generosidad en esta teoría. Ya que no entre la curia y los que rigen nuestros destinos, ay, que va muy malita la cosa.