Hace unos días un fanático dirigió a los afiliados del PP de Madrid un discursito más bien propio de un telepredicador de una secta ultraderechista tras haberse tomado un gin-tonic de más. La imbecilidad comenzaba diciendo que no se puede ser de izquierdas porque los de izquierdas son unos carcas que están todo el día «con la guerra del abuelo, las fosas de no sé quién» y otra serie de cretineces sobre las que no entro en este apunte.

Ocurría que en parte tenía razón: este chico (llamado Pablo Casado) no sabía de quién eran las fosas. Ayer comenzamos a saberlo. Siete asociaciones autonómicas de recuperación de la memoria democrática entregaron a Garzón un listado con 130.137 nombres, correspondientes cada uno de ellos a un ser humano con familias destrozadas por la muerte de su ser querido tras ser torturado, vejado, violado o arrojado a una fosa común junto con otros desgraciados compañeros de sufrimiento.

Cuando Pablo Casado hablaba con un desprecio tan atroz, tan inhumano y cafre, de las víctimas de un genocidio (aplaudido por quienes sentían regocijo con el relato del chiquillo, tan gracioso) no lo hacía porque quisiera mirar para adelante. Él se apropiaba de un asesinado, secuestrado y torturado como Miguel Ángel Blanco: un ‘mártir‘ que ellos sí idolatran, dijo.

Personalmente no idolatro a Miguel Ángel Blanco. La primera noticia que tuve de él fue que había sido secuestrado para ser asesinado. Tampoco idolatro a los 130.137 asesinados por Franco y sus cómplices: la mayoría de ellos no hizo nada espectacular digno de idolatría, salvo ser víctimas de una crueldad infinita. Lo más terrible es que no merecen idolatría sino compasión (sentir con ellos, lo contrario de lo que hizo el niñito pepino). Simplemente reconozco la canallada de su asesinato, la necesidad de apoyar a sus familias dando a sus muertos el lecho que éstas decidan y repudio a quienes como Pablo Casado se burlan de tan brutal sufrimiento.

Nunca nadie se ha burlado en España en un mitin público de las víctimas de ningún terror como lo hizo el sábado Pablo Casado. Ni una de las personas asesinadas por otros recibió las chanzas de un desalmado como Pablo Casado, siquiera por parte de tantas personas u organizaciones condenadas por ser parte de los victimarios.

Para la derecha lo importante siempre fue el patrimonio. Los muertos que consideran de su patrimonio son mártires. Lo que no les pertenecen (porque han decidido que no les pertenecen) merecen la risa burlona de un joven miserable y el aplauso de su público, que se irrita ante unos asesinatos y se descojona ante otros.

Unidad de los demócratas, dicen. De los demócratas.